La otra trama de lo real
Ver la realidad no siempre es comprenderla o interpretarla. Lo mismo se puede decir de la pintura. Después de la invención de la fotografía y de su descendencia, el cine, la televisión y el video, el realismo en la creación artística pasó a ser una quimera colorida y bulliciosa pero completamente estéril o, también, no la encontraríamos como una puerta falsa que al abrirla nos muestra un desfiladero nada metafísico; desde entonces -a partir del impresionismo, dirían los historiadores del arte- la realidad como tal es asunto embarazoso, incluso banal y, a veces, ininteligible… Mejor no meterse con ella, con los espectáculos de la madre natura ni con los prodigios de la civilización. Dejémosla, entonces, en manos y en la imaginación de los especialistas en su materia: sociólogos, ecologistas, administradores…
A ellos les tocará “rizar el rizo”, “llover sobre mojado”, ávidos de remover las cenizas de su misterio finito. ¿Sobre qué pintar llegado el momento de dar santa sepultura al realismo? La respuesta de Duchamp y la respuesta de Kandinsky a esta pregunta, creo entenderlo, marcaron, desde los extremos del movimiento pendular en el arte del siglo XX, aventuras y posibilidades que todavía, en estos comienzos del tercer milenio, proveen de incentivos y de riesgos a los artistas presentes. Y claro, más que contestar la pregunta, tanto el francés como el ruso, han heredado a su descendencia otros tantos cuestionamientos derivados de la pregunta inicial. En este escenario socrático, se me antoja verlo así, el boliviano Raúl Soruco se suma, con los cuadros de esta muestra, a la especulación de los temas y de las variaciones de la interrogante primera; en la tradición de la pintura abstracta, con una práctica plástica personalísima, ha sabido trazar los paralelos y los meridianos de un mundo totalmente autosuficiente en sus significaciones: la pintura misma. Para decir lo que he venido diciendo, quizás, es conveniente apuntar un par de asuntos más. Primero, que cuando hablo de la renuncia a la realidad me refiero, exclusivamente, a la reproducción literal de la misma.
Y segundo, que el arte abstracto se encuentra, desde el primer día de la creación, en la realidad matérica: en las formas, colores y texturas de la piel de un cocodrilo; en los caprichos y las ondulaciones de las nubes; en el terreno erosionado por el viento y la lluvia. ¿De qué hablamos entonces? Lo diré con pocas palabras: la pintura no es representación, es, llanamente, realidad. En buena medida, los “contrastes” de Soruco ponen el color sobre la llaga, es decir, sobre el vacío, cercando el horizonte de lo inefable ¾inefable y terrible para cualquier lenguaje humano¾ con una retícula construida de sentido. Los materiales convocados en sus lienzos: óleo, grafito, malla metálica, cacharros oxidados, expresan una trama de significados, no, hay que decirlo una vez más, por obra y gracia de lo que son o representan sino, por lo que, como potencia, pueden llegar a ser en el escenario de la imaginación visual; por eso mismo, observo que en la composición minuciosa de este artista cada elemento utilizado decanta, al fundirse en el collage o en la amalgama plástica, una suerte de resurrección o de vita nova. De una paleta austera pero nunca, como resultado expresivo, de una pobreza cromática.
Soruco parte de una imprescindible indagatoria técnica, compositiva, avanzando y retrocediendo sobre la ruta de lo que sólo como conocimiento de oficio es dado al artista; desde ese dominio formal, el pintor y la pintura parten hacia una tierra incógnita -sin brújula, cartografía o sextante- propiciando el extravío y el agotamiento de todo lo sabido, de todo lo conocido; llegado a este momento climático, zona cero de la creación, aparece la gracia del contraste, ese fulgor inédito que en la materia de la pintura ilumina la anunciación de un acto perturbador o sublime.
En esos bordes rojos o amarillos, en lienzos donde el elogio al negro y sus matices se impone, el contraste cromático desencadena, en primer lugar, un nuevo ordenamiento retiniano que, dicho en lengua vulgar, no es otra cosa que una nueva educación visual; en segundo lugar, el referido trastocamiento, localizado también, por cierto, en esos rompimientos de texturas gruesas sobre la trama simétrica de la malla metálica, instala su ruptura de lenguaje o, por qué no llamarlo también, su crisis visual.
Dado que la raíz etimológica de la palabra crisis es la misma que la del vocablo crítica, en la presente exposición se hace visible una inconformidad con el mundo pero también, se manifiesta como aparición súbita o marginal -otra vez, quizás, los bordes de colores primarios- la posibilidad de una nueva armonía.
Más que en un decir tácito, claro e inapelable, la revelación de la pintura abstracta se encuentra en el ocultamiento de su decir plástico, incluso, se puede hallar en su inquietante mudez; en una realidad sin referentes, los colores y las formas de una obra no figurativa están exigiendo, del ojo de todo espectador, su complicidad emotiva e intelectual. La obra abstracta no convence, ni explica nada; conmueve sí, seduce también.
En las lindes del monocromatismo a lo Maliévich, el callamiento pictórico o la fijeza del color, acentúan el territorio autónomo de la pintura. En el arte de Raúl Soruco el posible ocultamiento, fijeza o mudez plástica son principio de su meditada aventura; cada uno de sus lienzos cumple, con magisterio y perplejidad, la siguiente etapa de la empresa: traer del misterio o de la demencia o de la utopía un nuevo lenguaje para significar, lejos del sonido y la furia, los prodigios del mundo.
- Ernesto Lumbreras
