Palimpsesto: Trazos pictóricos, enigmas poeticos

La superposición de capas pictóricas es habitual en la tradición pictórica de occidente, a partir sobre todo de la adopción de la técnica al óleo: el artista corregía –los famosos pentimenti- o bien simplemente aprovechaba una tela anterior y elaboraba una nueva obra sin destruir la pintura previa.

Por otro lado la misma técnica obligaba a colocar capas de color una y otra vez tanto para obtener el fondo necesario como para lograr ciertos efectos o texturas. El artista actual va más allá de las necesidades técnicas y materiales y convierte el proceso de extender capas en un gesto reiterado, emotivo; en una forma de expresión íntima y poética.

La tela, o la tabla, o el material reciclado en el caso del pop art o el arte povera, ya no son un simple soporte de la materia pictórica, tampoco, únicamente, el campo en el que se inscriben las huellas del tiempo, las transformaciones voluntarias o involuntarias (modificaciones, retoques, restauraciones, reutilizaciones) sino un palimpsesto emocional y poético. De tal manera que cada capa de pintura cubre la anterior, oculta lo más íntimo; en palabras de Raúl Soruco, “el cuadro existe más adentro que en aspecto”.

Cuando decimos que la pintura de Soruco es poesía no estamos ofreciendo una simple metáfora. Raúl Soruco escribe poesía también, aunque sería más exacto eliminar la palabra “también”, que introduce la idea de algo añadido o simplemente complementario. Quizás lo más adecuado sería decir que Soruco es un poeta que se expresa simultáneamente por medio de las palabras y por medio de la pintura. La preceptiva artística clásica había reflexionado ampliamente sobre la comparación entre las bellas artes, en especial entre la poesía, la pintura, la música y la escultura. Es un problema que va de los griegos al siglo XVIII y que la jerga artística conoce como el parangón: se trataba de saber cuál de ellas era más adecuada para expresar las historias, las emociones y los caracteres humanos. A partir del siglo XIX esta discusión se desplazó de la teoría filosófica a la palestra artística, y escritores, poetas, artistas y críticos de las distintas artes llevaron el problema al corazón mismo de la actividad artística. En el siglo XX los artistas han sido simultáneamente pintores y músicos (Klee) o músicos y pintores (Schönberg) o críticos de arte y poetas (Breton) de tal manera que las fronteras de la creación artística prácticamente desaparecieron.

Desaparecieron también los límites de los géneros y las técnicas.

Es así como Raúl Soruco, artista boliviano residente en Oaxaca, nos dice que el cuadro encierra cosas que el espectador no puede ver. Si por ver se entiende lo que la vista nos permite percibir, es decir, el aspecto de las cosas.

Porque, tal y como yo entiendo el proceso de producción de su pintura, el artista no quiere que veamos sino que intuyamos que debajo de esta última capa, que es la que deja para nuestros ojos, se esconden las huellas de su tiempo interior. Se trata de un palimpsesto emocional, de un recuento secreto de las luchas humanas y estéticas que todo artista tiene que llevar a cabo. Hay en estas superficies una “melodía secreta de colores” para usar un verso del propio Soruco. La superficie es una presencia necesaria, no el tema, ni siquiera el pretexto. En una actitud que enlaza con lo más profundo y permanente de las ideas platónicas, Raúl Soruco considera que la belleza no existe sino en la Idea y el cuadro no es sino una actualización, una presencia fugaz, una reminiscencia, de la Idea. ¿ Habrá nada más platónico que este verso de Soruco: “lo esencial es solo idea, y está más profunda que la superficie”?

El hecho de que lo esencial no aparezca, sino simplemente se nos sugiera por medio de forma, color, luz y textura, nos coloca ante un paisaje emocional en el que vibra la añoranza. Esta añoranza de la que nos hablan los pintores, pero sobre todo los poetas y los músicos románticos. Sin embargo hablar de Raúl Soruco simplemente como de un neoplatónico o un neorromántico sería no solamente acartonado sino injusto. Las experiencias artísticas del pasado son simples muletas que nos ayudan a entender un fenómeno que en última

instancia escapa a cualquier intento de explicación o interpretación simple. La obra de un artista como Raúl Soruco, a un siglo ya de las primeras experiencias abstractas, nos permite entrar en contacto simplemente con una experiencia humana única pero, afortunadamente, transferible por medio de arte. A cada quien descifrar el enigma planteado por el palimpsesto, según su disponibilidad y su sensibilidad.

Puebla, Junio 2006

- Montserrat Galí Boadella

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