Sueños probables

El sueño y la muerte son dos hermanos gemelos que la noche engendró sin intervención de nadie. Cada uno de ellos, afanado en su propósito, merodea los alrededores de la tierra, para sigilosamente, rendir en su silencio a los moradores y aunque la Muerte pretende suavizar su aspecto adoptando una figura similar a la de su hermano Hipnos, lo cierto es que el sueño tiene una apariencia dulce y benévola y la muerte dura y cruel.

Pero tampoco esto es demasiado cierto. Porque cuando el sueño penetra en el mundo ultrasensible, actúa traidoramente con el fin de someternos al posible percance de la pesadilla. El pintor Raúl Soruco está convencido de que el poder de los sueños es mucho mayor que el de la realidad. “Allí no existe la negación de nada: todo es posible. Las cosas que idealizamos siempre las captura nuestro yo y, tarde o temprano, terminarán apareciendo como una exigencia inevitable del sueño. Sobre esa constante imaginaria es en lo que estoy trabajando”, me decía. Los cuadros que pintaba eran para una exposición en la galería Rufino Tamayo, de aquí, en Oaxaca, que está llena de pintores.

El trabaja durante la noche porque cerca del cansancio por el sueño era donde mejor sentía ese instinto vital que necesitaba. La figura erguida de un toro inquisidor y salvaje que escarba la tierra y alza el espanto, no es otra cosa que la representación inocente de una muerte que se aproxima.

En la interpretación de los sueños ya recuerdo el riesgo de morir no significa otra cosa que la alegría máxima de vivir.

Vivir no es más que la crueldad de ser un ávido destructor de lo que, por intuición, deducimos más débil que nosotros. Todos padecemos igual infantilismo psíquico, y lo que el Maestro Soruco sombreaba era precisamente, ese pánico a la fortaleza que solo es capaz de ser vencida por la maña de un contrario que se asoma a la realidad con una capa de dos colores invisibles. El efecto, la fantasía de las noches del pintor desahoga, la marca indeleble de ese tatuaje maldito donde, impunemente, opera el control estricto de nuestra conciencia. Se trata, pues, de una alucinación donde el hombre moreno, soñando, libera las tensiones.

Algunas noches me acerco hasta su casa para verlo trabajar, y al poco tiempo noto que la pesadez de la vigilia termina distorsionando mi razón, y que me veo forzado a pensar que los animales protagonistas de su obra pretenden huir de los lienzos y ocultarse entre las sombras que se alargan: porque hay una luz muy apartada en una esquina del taller. Se lo cuento y me dicen que esa oscuridad es la que le da el miedo necesario para poder trabajar: “de noche, y rodeado en este cuarto por los murciélagos, los saltamontes, los toros y el maguey, he llegado a tener escalofríos de pánico. Y esa falta de valentía mía, es la que quiero que también aparezca en la conciencia dormida que individualmente, yo le presumo a cada cuadro”.

En efecto, la exposición “Sueños Probables” ya se nos muestra como una interpretación onírica de la razón y trata de exteriorizar la utopía que se le antoja al libre albedrío del pintor. Por tanto, es válida la idea de que ese fenómeno se identifique con el suceso de los animales oscuros e insumisos.

El toro que cada noche, una y otra vez, urde en el subconsciente de nuestro descanso nocturno, técnicamente, nos obliga a pensar que en la inseguridad del sueño recogemos el interrogante de un extenso mensaje lleno de símbolos. Pero sobre un lecho, al menos se tiene la certeza de ahuyentar el peligro de seguir viviendo una pesadilla desde el mismo instante que se abre el peso de los párpados y sucede el fenómeno aparatoso de la luz: ese que nos libera del miedo en la mañana. Cuando en le pintura del maestro Soruco vi. al animal salvaje que lleva encendida la amenaza entre sus astas asesinas, noté que mi reparo se entretenía escuchando la silenciosa recomendación que me dictaba cada cuadro: los cuernos de este toro pertenecen a la anatomía más encastada de un morlaco; la cara de este otro es de guapeza virtual que hace pareja solitaria en la quimera; la fuerza del cuello en aquel es capaz de poner en el aire a la mole mejor empatada de un caballo, y la furia de todos es la que va desde los ojos escondidos hasta la rebelión de los cuadros traseros imposibles de contener, salvo si es con el engaño.

En la ceñida asociación de los colores es donde puede advertir la fatiga que se padece en la cotidiana soledad del pintor. Fue entonces cuando vi en los toros de Raúl Soruco que se combinaba nuestra necesidad de vivir con el miedo de morir, y el miedo de vivir con el anhelo de morir, y que todo esto sucedía tupiéndose el tesón de tres colores: la sobrecarga de luz, la pegajosidad del rayo y el de la niebla de ceniza.

Me impresionó la sangre; un manto que vaticina el fin y que arropa al toro como si fuera la ineludible generosidad de una indulgencia que solo se puede soportar con la urgente venida de la muerte. Por eso era que aquel toro olfateaba tanto a la agonía de su propia destrucción. La lírica del poeta chileno Álvaro Ruiz es de distinto diseño, y me comentó que, por un momento, creyó ver en los cuadros de Raúl Soruco toda esa dulzura y temeridad que, como si fuera una incógnita, persistente en el origen de cualquier pintor. La quimera de la fantasía lo llevaba a suponer que el maestro Soruco era una quena gigante que solo podía oírse en los espacios más abiertos de la ficción y si era que el viento de los Andes soplaba fuerte y sin descanso entre los cañones y ventisqueros del Altiplano; allí, por nuestra tierra hermana de Bolivia.

- Víctor García

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